destinados a comer basura de plaza en
plaza.
De pequeños, por lo fino y lo ágil de la
infancia,
baloncitos de peluche, tibios borrones de
ala,
los sacan al sol, les cantan.
De mayores, como ya se les fue la gracia,
los dejan a su ventura, mendigos de casa en
casa,
sus hambres por los rincones y su sed sobre
las charcas.
Y que tristes ojos tienen, que recóndita
mirada,
como si en ella pusieran su dolor a media
asta,
y se mueren de tristeza a la sombra de una
tapia
si es que un lazo no les da una muerte
anticipada.
Yo lo llamo...todo orejas asustadas, todo
hociquito curioso,
todo sed, hambre y nostalgia.
El perro escucha mi voz, olfatea mis
palabras
como esperando o temiendo pan, cariños o
pedradas.
No en vano lleva marcado un mal recuerdo en
su pata.
Lo vuelvo a llamar...dócil, a medias
avanza,
moviendo el rabo con miedo y las orejitas
gachas.
Le digo: ven aquí, no te hago nada, vamos
ven,
y adiós a la desconfianza, y se tiende a
mis pies,
con tiernos aullidos habla, ladra para
hablar más fuerte,
salta, gira, gira, salta, lloran y ríen,
ríen y lloran
lengua, orejas, ojos, patas y el rabo es un
incansable
abanico de palabras.