La falta de espacio en el hogar, el deseo de convivir con una mascota de dimensiones diminutas y el querer adoptar un animal que inspire ternura en vez de temor pueden ser algunas de las razones que conduzcan hacia la elección de un perro pequeño como compañero de vida.
Si bien estas criaturas, por su tamaño, son más fáciles de controlar, no está bien que se aproveche esa característica para convertir a esta clase de canes en accesorios que resultan simpáticos cuando se asoman desde el interior de los bolsos de una dama o que se presentan en sociedad como muñecos de peluches que pueden manipularse al antojo de cada uno. Después de todo, a ningún humano adulto que posea baja estatura le agradaría que lo traten como a un niño de corta edad sólo porque no es alto.
Nunca debería dejarse de lado que los perros pequeños transmiten una imagen más adorable que los canes de tamaño grande pero que, de todas formas, merecen el mismo respeto que se les tiene a aquellos ejemplares caninos de apariencia dura.
De adoptar un perro pequeño, tampoco hay que sobreproteger al animal, tal como muchos amos acostumbran a hacer: que su contextura física no sea imponente no significa que él sea débil o que no pueda valerse por sí mismo, aunque por cuestiones de seguridad sí es necesario controlar que no llegue a rincones de difícil acceso para la familia o que no esté sobre superficies altas para evitar caídas.
Como ejemplos de razas pequeñas pueden citarse al carlino, al beagle, al schnauzer miniatura, al caniche estándar, al teckel, al cocker, al pequinés y al westy, entre otras. En este sentido, vale la pena recordar que entre pequeño y miniatura hay una diferencia ya que hay castas, tales como la del pinscher enano, la del caniche toy y la del yorkshire, cuyos integrantes son considerados enanos o tan diminutos que los expertos han establecido la categoría de mini para diferenciarlos aún más de los llamados pequeños.